En seguros un corredor (intermediario) no debería ser una elección, debería ser una obligación

Una de las consecuencias perniciosas de la expansión de la actividad bancaria al mundo asegurador ha sido la supresión de intermediarios, puesto que, tradicionalmente el seguro, como contrato con prestación futura y aleatoria, no se suele vender espontáneamente (es raro que una persona acuda a realizarse un seguro en la cultura española, máxime cuando existen mecanismos públicos de cobertura de riesgos), sino que exige la aparición en escena de un mediador, que ponga de manifiesto las ventajas del seguro y su necesidad para solucionar los riesgos, si es que los mismos llegan a producirse.

El autor de estas líneas, contrató su primer seguro de vida (ahora soy un forofo del seguro por motivos profesionales) a raíz del nacimiento de su primer hijo, mientras tomaba unas copas de celebración, al término de las cuales, alguien me hizo reflexionar sobre los problemas que podía tener mi hijo si su padre fallecía o quedaba inválido y su madre no se había incorporado todavía al mercado de trabajo.

Obviamente, la primera reacción fue de rechazo al plantear el oscuro problema de la muerte, que –uno piensa- afecta normalmente a los otros. Superada esa primera etapa visceral, surgió la necesidad de información y la valoración de las ventajas y de los inconvenientes. Ahora, 36 años después, me alegro de que mi cónyuge y mis hijos no hayan cobrado la indemnización del seguro, pero me imagino que más se alegra el asegurador que a lo largo de toda mi vida profesional ha cobrado las primas correspondientes, que me han dotado de tranquilidad, sabiendo que si fallecía o terminaba inválido, mis beneficiarios iban a cobrar la prestación prometida.

Ahora bien, si es importante el mediador en el momento de la información precontractual, lo es todavía más en el momento del siniestro, puesto que el intermediario toma posición positiva frente al asegurador y al lado del asegurado, para que el seguro cumpla su función.

En este momento, se hace necesario que el mediador de seguros sea lo suficientemente autónomo y con la estructura necesaria, para que pueda hacer frente a un asegurador que incumpliera el deber de indemnización.

En esta época es tal el nivel de incumplimiento que difícilmente se encontrará a un tramitador de siniestros que a la primera dé toda la razón al asegurado y que proceda al pago de la indemnización en el término previsto por la ley de 40 días, puesto que incluso en el siniestro de cobro de un seguro de vida por fallecimiento del titular, los trámites se retrasan por la necesidad de hacer frente al pago del impuesto sobre sucesiones y donaciones, en el que se adicionó en 1987 al contrato de seguro de vida con el objetivo de incrementar las voraces arcas de la Hacienda Pública (incidentalmente debo decir por si existen asegurados con seguro de vida, como un servidor, anteriores a 1987, que procuren mantenerlo, pues el régimen fiscal franquista era mucho mejor, con exenciones hasta del 99%).

Así pues, para el asesoramiento correcto en el momento de siniestro, es sin duda preferible un corredor de seguros, totalmente independiente del asegurador, frente a un mediador de seguros con contrato de agencia o de dependencia mercantil del asegurador.

En este momento histórico, aunque la situación puede cambiar, la retribución del mediador y también la del corredor, se produce directa o indirectamente por el asegurador, debiendo subrayarse que el seguro que se contrata a través de un corredor no es más caro que el que se contrata a través de un agente o que el que se contrata en la ventanilla del asegurador (hoy día, de hecho, la mayoría de los aseguradores han suprimido de sus tarifas de prima el denominado “descuento de ventanilla”).

En suma, si el seguro que se contrata a través de un corredor tiene el mismo precio, o incluso más barato,  que si se contrata directamente con el asegurador, es mucho mejor disfrutar del valor añadido que aporta el corredor de seguros para elegir el producto asegurador que mejor se adecue a nuestras circunstancias personales, para informarnos ampliamente y, sobre todo, para asesorarnos en el momento de la verdad, que es el del siniestro, que surge cuando esa promesa futura y aleatoria, se convierte en una necesidad real e inmediata, en la que el asegurador tiene que pagar cuanto antes mejor, y eso únicamente lo hace posible un corredor de seguros independiente e imparcial.

Francisco Javier Tirado Suárez.
Profesor Titular de Derecho Mercantil y del Derecho del Seguro Privado de la Universidad Complutense de Madrid.

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